“Sabíamos que con el rock and roll podías conseguir estar en una película, así que nosotros quisimos estar en una película”. De esa manera, Paul Mc Cartney definió sin rodeos las intenciones que llevaron a los Beatles a aceptar participar en A hard day´s night, el largometraje que registró el fenómeno que los cuatro de Liverpool vivieron en su llegada a los Estados Unidos a comienzos de 1964. “De lo único que estábamos seguros -agregó- era que queríamos que la película fuera buena”.
Dirigida por Richard Lester, A hard day´s night comenzó a filmarse el 2 de marzo de 1964 sustentada en la premisa de que música y comedia podían -y debían- combinarse estratégicamente para parodiar cómo sería un día en la vida de los Beatles durante la Beatlemanía, mientras el grupo empleaba todo tipo de estrategias para esquivar a la multitud de fanáticos que los recibían lugar a donde fueran.
Bromas, corridas y persecuciones. Policías, fanáticos y medios de prensa. Los Beatles exponían en las grandes salas lo que representaba ser la banda más importante del mundo y el costo que ello conllevaba. Al mismo tiempo, la industria del cine ponía el foco en el impacto que generaba el rock and roll a nivel masivo y hacía de eso su propio negocio.
Poco más de dos décadas después, Latinoamérica vivía su propio fenómeno sociomusical: la Sodamanía. El rock argentino lograba traspasar sus fronteras y asentaba las bases de lo que luego sería conocido como el “rock latino”, un movimiento conjunto en el que la juventud del continente encontraba su espacio para poder expresar sus vivencias, problemáticas y anhelos cantando en su propio idioma, algo impensado tiempo atrás.
En ese contexto, Soda Stereo fue punta de lanza para abrir las puertas de mercados que veían de reojo al rock and roll de la región. La 28° edición del Festival de la Canción de Viña del Mar, en febrero de 1987, catapultó finalmente al trío hacia el resto del continente. Para ello fue clave la exposición que tenía el festival en las diferentes retransmisiones de cada país y el rol que Televisa (el multimedio más importante de México) tuvo a la hora de compartir parte de los compactos que se registraron aquellas dos noches en las que Soda Stereo brilló ante el público chileno.
Durante el resto de 1987, el trío consolidó su nombre con una segunda gira latinoamericana y logró ingresar a México con una serie de presentaciones, tanto en televisión como en discotecas del Distrito Federal. Para 1988, Alberto Ohanian (productor del grupo) apuntó sus cañones a la consolidación de ese mercado, el más importante a nivel números, junto a Brasil, del continente.
“Como suele suceder cuando una banda o un artista alcanzan la cúspide del éxito, en un momento apareció un estudio que creyó que en la epopeya de Soda había material suficiente como para filmar una película comercial”, refiere Zeta Bosio en su autobiografía Yo conozco ese lugar. Fue a comienzos de 1988 que la histórica productora cinematográfica Argentina Sono Films -fundada en 1933 por Angel Luis Mentasti- le acercó a Ohanian Producciones la propuesta. “Ellos habían hecho un sondeo y llegaron a la conclusión de que valía la pena hacerlo -agrega Zeta-. Su idea era estrenarla y distribuirla por Latinoamérica”.
Alberto Ohanian no vio con malos ojos la posibilidad de que Soda Stereo llegara a las salas de cine. En su plan de conquista continental, abarcar ese costado del negocio podría permitir ampliar los mercados incipientes en los que el trío comenzaba a instalarse. “Nos comentaron la idea una tarde en la que estábamos en la casa de Gustavo -continúa Zeta-. A continuación, empezamos a hablar de los Beatles, de The Who y de Pink Floyd, tratando de trazar un mapa con aquellas películas que tenían a las bandas como protagonistas, más que nada para ver si existían elementos como para encarar la propuesta de hacer una propia”.
Si bien Gustavo, Zeta y Charly no estuvieron muy afín a la idea desde un primer momento, Ohanian sugirió organizar una reunión con Rodrigo Fresán y Juan Forn, dos jóvenes escritores, para ver qué tan factible podía ser encarar un guión que involucrara a Soda Stereo.
Rodrigo Fresán tenía 24 años, conocía al dedillo la movida under y nocturna porteña y escribía columnas para la revista Pelo. Forn, por su parte, y con 27 años de edad, había vivido un tiempo en Europa y regresado a la Argentina para trabajar como editor. “Nos llamaron porque pensaron que, con una película tipo Richard Lester, el de los Beatles, los Soda daban el salto continental”, referiría en 2012 al portal Letras en Chile.
La casa de Gustavo Cerati funcionó nuevamente como sala de reunión entre todas las partes. Ohanian, además, le pidió a Alfredo Lois (quien había estudiado cine y publicidad y estaba encargado desde sus inicios de la parte estética del trío y de la dirección de sus videoclips) que estuviera presente con el objetivo de, entre todos, armar un esquema básico de lo que sería la película. “Allí (Fresán y Forn) nos comentaron que lo mejor sería trabajar con un sistema de fichas que, sinceramente, nunca entendí del todo -confiesa Zeta-. Según ellos, era la mejor manera de armar las escenas y ordenar la secuencia para contar la historia”.
Fresán y Forn recomendaron a los Soda que vieran algunas películas para que pudieran inspirarse y tomarlas como referencia. “Esa misma noche vimos True Stories, la película de los Talking Heads -agrega Bosio-. Nos divertimos mucho: tenía un lenguaje interesante y un humor bastante ácido, fundamentalmente cuando David Byrne y los suyos se burlaban de las típicas costumbres norteamericanas. Fresán y Forn plantearon la posibilidad de hacer una especie de traslación de eso a nosotros en la Argentina, orientando el film a la parodia (…) También vimos This is spinal tap y nos volvimos locos al ver las situaciones satíricas que se sucedían alrededor de una banda en gira. Nos sentíamos muy identificados con el humor de una película que, al mismo tiempo, también mostraba el lado trágico del negocio”.
Tras aquella reunión se definió que el proyecto seguiría su rumbo. Alberto Ohanian designó a Alfredo Lois como director de la película, y pidió a Rodrigo Fresán y Juan Forn que antes del mes de julio tuvieran pronto buena parte del guión para presentárselo formalmente a los Soda, proyectando comenzar con las filmaciones en el mes de diciembre. “Nosotros debíamos salir de gira por varias semanas -aclara Zeta-, así que quedamos en volver a juntarnos a la vuelta para ver cómo iba avanzando el guión, pero antes de partir tiramos un par de ideas en conjunto para que los chicos trabajasen sobre ellas”.
Alberto Ohanian realizó los cálculos, la película necesitaría una inversión de 500 mil dólares. La cifra, astronómica para la época, quedaba por fuera del alcance de la productora. El Armenio decidió viajar a los Estados Unidos para reunirse con los directivos de CBS Internacional y encarar, por un lado, lo que serían los gastos para la grabación en el exterior del nuevo disco de estudio de Soda Stereo (luego conocido como Doble vida) y tantear la posibilidad de contar con el apoyo de la compañía para la realización de la película. La respuesta fue negativa.
Ohanian, quien ya había desechado la posibilidad de que el Instituto Nacional de Cinematografía Argentino auspiciara el proyecto, decidió entonces compartir la idea con inversores privados quienes quedaron en responder a la brevedad. Al mismo tiempo, ya en mayo de 1988, sugirió filtrar la información del proyecto a la prensa, con la idea de instalar la “nueva película de Soda Stereo” en los medios y así, también, generar interés en nuevos inversores que quisieran ser parte.
Fue así que Juan Forn, en el diario Clarín del 22 de mayo de 1988, adelantó que el guión de la película trataría sobre un ejecutivo de una inmensa compañía discográfica norteamericana que decidió viajar a la Argentina para filmar la historia de algún grupo local. “Va a ser una película de aventuras -agregó-, con mucha música, con una especie de collage de técnicas (en blanco y negro, cámara rápida) para dar cuenta de las diferentes voces narrativas que se entrecruzan”.
Rodrigo Fresán, a su vez, adelantó a la revista Pelo, en su número 316, que la película de Soda Stereo “va a ser genéricamente una historia claramente apócrifa, ciertamente verídica del grupo, comentada por el grupo mismo y por personajes ajenos a él, que se permiten ciertos márgenes de cinismo. Lo que tenemos muy en claro con Alfredo Lois y el resto de los chicos es que Soda Stereo es el único grupo argentino que se puede permitir, por derecho propio, reirse de sí mismo. Es decir, como tiene éxito, puede permitirse reflexionar irónicamente sobre el éxito y sus consecuencias (…) En síntesis, la idea general es la de tomarse en joda, sin faltarse el respeto ni faltarle el respeto a los admiradores del grupo”.
Fresán aclaró, además, que la filmación iba a realizarse mayormente en Buenos Aires, “aunque también existe posibilidad de filmar algún material en las giras”, y que la historia se ubicaría “en una época indeterminada, pseudo dictatorial, que puede representar un futuro próximo y un pasado conocido a la vez”.
“La idea es aprovechar la estética de ese futuro-pasado -destactó Alfredo Lois en la misma nota-. No queremos volcarnos hacia una estética posmoderna, sino crear una universalidad de lo argentino. Algunos personajes de la historia van a ser tangueros, por ejemplo, y vamos a relacionar su marginalidad con la marginalidad del rock. Queremos aprovechar lo que tenemos a nuestro alcance y hacer un producto bien argentino y for export“.
Soda Stereo terminó su gira Signos (que había comenzado entre fines de 1986 y comienzos de 1987, y derivado luego en la edición de Ruido blanco, el primer long play en vivo del grupo) y regresó a Buenos Aires. “La idea de hacer la película había comenzado a entusiasmarnos en serio -refiere Zeta Bosio-. En un descanso de la gira volvimos a reunirnos para leer el guión, porque lo tenían prácticamente terminado”.
Rodrigo Fresán y Juan Forn le presentaron a Gustavo, Zeta y Charly, lo que sería “Soda Stereo, la película”. “Nos fuimos de aquel encuentro con una copia del guión para cada uno -recuerda Bosio-. ‘Léanlo tranquilos y nos comentan qué les parece’, nos dijeron”.
Esa misma noche, Gustavo Cerati llamó a Zeta Bosio. “‘No me gusta nada’, coincidimos con Gustavo (…) Tenía algo de Spinal tap, otro poco de True stories, pero lo que nosotros veíamos era una película de Enrique Carreras con Palito Ortega… (para ser más justos, quizás fuera más cercana a Help!, la película de los Beatles)“.
“Nosotros les escribimos una comedia muy loca -confesaría Juan Forn-. Era una comedia que nos parecía genial y muy divertida. Pero nos tiraron el guión por la cabeza”.
Gustavo, Zeta y Charly decidieron no seguir adelante con el proyecto y le comunicaron su decisión a Alberto Ohanian. “Fue un problema -agrega Zeta-, ya se les estaba pagando a los guionistas por su trabajo, pero a nosotros no nos importó. No nos seducía dar un salto semejante sin estar convencidos. Sabíamos que había lugares de los que no se volvía y no queríamos, por nada del mundo, arriesgar lo que habíamos logrado ni perder la credibilidad por una idea guiada más desde lo comercial. Después de todo, la realidad era que nosotros no sentíamos la necesidad de hacer una película.”
Es sabido que leer un guión no resulta sencillo para quien no conoce de cine. En su libro, Zeta Bosio da un paso adelante y se permite dudar si tanto él como sus compañeros en realidad no entendieron el sentido de aquel trabajo realizado por Fresán y Forn. “Ambos eran dos grandes escritores -refiere-, de eso no tengo dudas. Existe la posibilidad de que el problema haya sido que nosotros no supimos apreciarlo. Quizás sea así, la única manera de saberlo sería leyéndolo nuevamente ahora, pero en aquel momento no nos atrajo en absoluto”.
Aquella decisión cayó como una bomba y la onda expansiva afectó a todos. “La discusión acerca de la película terminó deteriorando nuestra relación con Ohanian -confiesa Zeta en su libro-. También nuestra relación con los escritores, con quienes quedamos un poco distanciados”.
Ya a principios de 1989, Soda Stereo terminaría rompiendo su vínculo con Ohanian Producciones para generar Triple, su propia empresa productora. Rodrigo Fresán y Juan Forn también se distanciaron entre sí. “Nunca más trabajamos juntos -subrayaría Forn-, (…) pero no quiero dar más detalles. Nos alejamos, tuvimos intereses distintos, cada uno hizo su vida. Habíamos tenido un pegoteo demasiado intenso, fuimos muy compinches y compadres de lecturas y de escritura durante diez años, en una época en que éramos muy jóvenes”.
Rodrigo Fresán es periodista, escritor y traductor. Tiene hoy en día 62 años y desde 1999 reside en Barcelona, España. Entre varias novelas, ensayos y relatos, colaboró con Andrés Calamaro, amigo suyo, con un texto en la edición Nadie sale vivo de aquí (1989) y, en álbumes como La lengua popular (2007) y Calamaro on the rock (2010).
Juan Forn, por su parte, como periodista, escritor, traductor y editor, fue creador del suplemento Radar del diario Página 12. Falleció en 2021.
| Foto de portada: Daniel Ackerman |


