ENREMOLINOS

Exclusivo: Adelantamos un capítulo de “Cerati, la biografía”

Cuando empezó el año, Lillian anotó a sus hijos en el colegio parroquial San Roque de Villa Urquiza, que quedaba a sólo cuatro cuadras de la nueva casa y estaba dividido entre varones y mujeres. Ese año, Gustavo empezaba quinto grado y en el aula le tocó sentarse en la fila de la ventana.

Su compañero de banco se llamaba Alejandro Magno, como el rey de Macedonia, pero le decían el Tano. Era sordo del oído derecho y para escuchar a las maestras sin perderse lo que hablaban sus compañeros ponía su banco más adelante que el de Gustavo y un poco en diagonal generando un caos en la fila.

Atrás pero casi infiltrado en triángulo se sentaba Sebastián Simonetti, un chico fascinado con los ovnis, la electrónica y los experimentos de la NASA, al que bautizaron “Marciano” y con el que enseguida conformaron un trío inseparable. A Gustavo lo bautizaron “Melena” por sus rulos. Durante las clases, cuando no se distraía dibujando en el cuaderno las caras de sus profesores, usándolos de modelos vivos frente al pizarrón, jugaba con los de su fila a pasarse una pelotita haciéndola rebotar contra las paredes, contagiando al resto del curso y volviendo locos a los profesores, que cuando les revisaban los bolsillos, las cartucheras y las mochilas nunca podían encontrarla porque era imaginaria.

Las tardes se convirtieron en un campo de operaciones para las aventuras por el barrio con sus nuevos compañeros. Al mediodía, cuando sonaba el timbre de la última hora, salían corriendo como si afuera del colegio hubieran tenido miles de planes amontonándose, aunque en realidad sólo cruzaban la puerta: el resto del día pasaba a quince metros de ahí, sentados en las escalinatas de la parroquia del colegio, y casi siempre terminaban en la casa del Tano leyendo libros sobre extraterrestres, misiones lunares y el Triángulo de las Bermudas. Ese agujero negro marino ejercía una fascinación tan poderosa en Gustavo que era como si parte del magnetismo que se tragaba aviones y buques lo alcanzara un poco a él. Leía todas las revistas y artículos de las enciclopedias que encontraba sobre el tema y se sabía de memoria cada una de las teorías paranormales que despertaba: monstruos submarinos, ciudades hundidas, ovnis que aterrizaban sobre el agua.

La conexión con el universo parecía estar abriéndose. En 16 de julio, todas las familias se reunieron alrededor de sus televisores para asistir a lo que prometía ser el comienzo de la exploración del cosmos, los primeros kilómetros de una larga travesía espacial en busca de los misterios de la humanidad. Sentados en la mesa de la cocina, frente a la tele, Lillian, Juan José, Gustavo, Estela y Laura vieron despegar con una lengua de fuego que quemaba el aire a la misión Apollo 11.

Para Melena, el Tano y Marciano fueron días irreales en los que sus fantasías quedaron orbitando en esa nave. Formaron un club que bautizaron Centro de Estudios Fenómenos Ovnis y empezaron a organizar reuniones que atrajeron a otros chicos del barrio para leer y cambiar información sobre conspiraciones espaciales. También se asociaron al CEFAI, el Centro de Estudios de Fenómenos Aéroes Inusuales, la versión adulta de sus obsesiones y se tomaban un colectivo al centro para leer documentos que se atesoraban como archivos desclasificados de la NASA.

Cuatro días después del despegue, la navegación espacial consumó una de sus grandes hazañas. El domingo, Melena, el Tano y Marciano se despertaron sabiendo que iban a recordar siempre ese día para siempre: mientras desayunaban un café con leche, en algún lugar se estaba fundiendo en bronce e imprimiendo en los libros de historia esa fecha, de ese mes, de ese año: 20 de julio de 1969. Todo ese día fue un conteo alucinante hasta que a la noche, frente al televisor, asistieron al momento mágico, irreal, en el que el astronauta Neil Armstrong, vestido con ese traje de superhéroe, rebotó contra el suelo lunar como si estuviera intentando caminar en el fondo de una pileta llena de agua.

El gobierno de Richard Nixon plantaba una bandera americana en la luna, Rusia amenazaba con llegar a Marte y la carrera espacial entre Estados Unidos y la Unión Soviética prometía acelerarse hasta el fin del universo: la Guerra Fría había entrado en una fase de ciencia ficción. Cuando unos días más tarde en el colegio los mandaron hacer un trabajo sobre la geografía de América, encontraron la excusa perfecta para hablar de sus obsesiones. El profesor había dividido la fila de la ventana en dos y a la parte de adelante, integrada por Gustavo, el Tano y los dos Claudios, le tocó América del Norte, mientras que Simonetti y el resto de la fila tenían que preparar una exposición sobre el Caribe. Pero siempre funcionaban en bloque y ese fin de semana se juntaron todos en la casa del Tano a hacer los trabajos. Enseguida, la presentación sobre América del Norte se desvirtuó completamente, concentrándose sólo en el Triángulo de las Bermudas.

El lunes, cuando llegó la hora, el Tano colgó un mapa en el pizarrón, dijo algunas generalidades sobre la fauna, la flora y la geografía de América del Norte creando el espejismo de que todo iba bien, mientras Gustavo dibujaba un triángulo entre la costa de Florida, Puerto Rico y las Bermudas. El resto de la clase habló sobre la flota de cinco aviones bombarderos de la Marina de Estados Unidos que en diciembre de 1945 desaparecieron, las teorías sobre que en el fondo de ese mar estaba hundida Atlántida, que era una zona de despegues y aterrizajes de naves extraterrestres, que había un pulpo gigante que se comía las embarcaciones en ese mapa de catástrofes. Parado en el fondo del aula, el profesor vio cómo el Tano y Gustavo desplegaban la estafa frente a la clase y terminó poniéndoles un diez.

En dibujo también funcionaban como un grupo indivisible. Gustavo y Sebastián eran los mejores y el Tano no podía ni agarrar el lápiz, así que para las entregas finales entre los dos le completaban la carpeta con todo lo que les habían pedido. Cuando terminaba el trimestre y el Tano llevaba su carpeta, el profesor la abría y empezaba a pasar los dibujos.

– Éste es de Cerati, éste también, éste lo hizo Simonetti, Simonetti, Cerati, Simonetti, Cerati de nuevo…

Gustavo seguía con las clases de guitarra, ganando cada vez más precisión con su mano derecha, soportando las lecciones de solfeo y aprendiendo standars folclóricos de Atahualpa Yupanki, vidalitas y villancicos. A la tarde, cuando volvía a su casa, agarraba una de las sillas del living y la ponía contra el ventanal junto a la terraza, el único lugar donde daba el sol a esa hora, y se quedaba tocando la guitarra hasta que Lillian llamaba a comer desde la cocina.

A la mañana, mientras caminaba las cuatro cuadras hasta el San Roque, jugaba a que tenía un programa de radio en el que pasaban canciones que inventaba haciendo sonidos con la boca y después se entrevistaba a sí mismo, la estrella del grupo que acababa de tocar. También empezó a usar su talento en el dibujo para hacer fanzines de Creedence, cómics eróticos que después vendía en el colegio hasta que un compañero encontró unas revistas Penthouse en el placard del cuarto de sus padres y todos perdieron curiosidad por esos dibujos, se pasaba las horas de clase diseñando tapas psicodélicas de discos de bandas de rock imaginarias y se propuso escribir un libro de acordes de guitarra para automatizar el aprendizaje y otro sobre la historia del mundo desde el big bang hasta la historia moderna que abandonó cuando llegó a los hititas, un pueblo que vivía en el Asia Menor en el siglo XII antes de Cristo.

Cuando pasaron a primer año, Melena, Marciano y el Tano se anotaron en la Acción Católica, una organización laica que además de catequesis promovía el trabajo social. La base operativa estaba debajo de la parroquia del San Roque, en un sótano con una pista de Escaletric de 18 metros en la que jugaban carreras que no terminaban nunca, mesas de ping pong y billar. Se pasaban horas ahí abajo, organizando ciclos de cine o sacando en la guitarra canciones de Pescado Rabioso y Vox Dei, hasta que el mundo real irrumpía en la forma del grito de algún padre que llamaba a su hijo desde el aire y luz del techo que daba a la calle recriminándole que ya eran las 11 de la noche y no había vuelto nunca a su casa.

En los ciclos que organizaban los fines de semana en la parroquia, Gustavo y Sebastián empezaron a probar varios números para captar la atención de las chicas y asustar a los alumnos más chicos del colegio. Habían empezado a darse cuenta de que la guitarra era una forma de vencer su propia timidez y acercarse a las chicas que les gustaban. Un arma de seducción. En uno, jugaban al exorcista: Gustavo actuaba como poseído por el diablo, poniendo los ojos en blanco, babeándose y hablando en lenguas extrañas, hasta que lograban asustar a los chicos y entonces Simonetti intervenía como cura sanador para expulsar los demonios de su cuerpo.

En otro de los números, se armaba una ronda alrededor de Gustavo, que tenía su guitarra y cuando ya todos estaban callados, esperando que empezara, la mano con la que iba a tocar las cuerdas se le resbalaba, o él se caía de la silla, haciendo reír a todos hasta que finalmente empezaba a tocar en serio el comienzo de “Genesis”, de Vox Dei, y lo enganchaba con “Roundabout” de Yes y con “From the Beginning” de Emerson Lake and Palmer, dejando a todos maravillados con su habilidad. Gustavo estaba a descrubriendo esa especie de superpoder que estaban empezando a despertar en él todas esas horas practicando con la guitarra junto al ventanal del living.

En segundo año, se sumó al fondo de la fila un elemento disruptivo: un chico de 16 años que venía de repetir dos veces seguidas y trabajaba como mecánico en el taller que había heredado de su padre en Paternal. Se llamaba Gabriel Altube, se había criado en el campo en Ramallo y, para los parámetros de un colegio parroquial de Villa Urquiza, era un salvaje. Tocaba la batería y conocía de memoria las canciones de grupos de rock progresivo como Yes, Genesis, King Crimson, Jethro Tull, que Gustavo recién estaba empezando a descubrir. Era lo más parecido a un rockero que había tenido cerca.

Gabriel iba al colegio en moto o en auto, así que Gustavo empezó a combinar las tardes en el sótano de la parroquia junto al Tano y Marciano con las excursiones con él fuera del barrio. Aunque al resto de la fila no le caía bien, ellos dos en seguida se hicieron amigos. Antes de entrar al colegio, compraban una botella de vidrio de un litro de chocolatada Cindor para tomar en el recreo y pasaban meses enteros investigando la variedad de galletitas en un estudio de mercado obsesivo: durante un mes y medio sólo comían galletitas Rumba hasta aburrirse, después cambiaban a paquetes de Mellizas, recreo tras recreo hasta volver a aburrirse y entonces empezaban a comer Merengadas, a los dos meses Melba y así.

En esos recreos, Gabriel le enseñó a hacer pulseras y, a la salida, se tomaban un colectivo hasta el Microcentro y las vendían en la feria Macchu Pichu, que estaba sobre la calle peatonal Lavalle. A la vuelta, con lo que habían ganado, paraban a comer en alguna trattoria de Chacarita sintiéndose adultos.

Y empezaron las primeras aventuras con chicas. Al principio, fueron dos hermanas pelirrojas que conocieron en un baile del colegio y vivían en Parque Chas, después fue una chica que vivía en Ezeiza y, como a Gustavo le daba miedo ir sólo, le pedía al Tano que lo acompañaran en el tren a visitarla. Otra vez, logró darle un beso a una chica en un baile y el lunes unos chicos de otro colegio fueron a esperarlo a la salida, así que sus amigos pasaron las últimas horas de clase diseñando un plan de escape para Melena.

Los fines de semana salían en el Citröen 12B de Gabriel a los bailes del Club Ferro y el Club Comunicaciones, o a ver las películas prohibidas para menores de Isabel Sarli y Brigitte Bardot en las salas del Eurocine, en el barrio de Devoto. Cuando se rateaban, casi siempre terminaban en un pool del centro, prendiendo sus primeros cigarrillos 43/70 que los dejaban tosiendo un rato, entrenándose para parecer fumadores experimentados frente a las chicas y bien lejos del barrio para que ninguna profesora ni madre los viera.

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Fragmento del 2do capítulo del libro. Agradecimientos por el adelanto a Juan Morris, el autor.