Desde el sábado 21 de marzo, incluso antes de su estreno, la gira Ecos de Soda Stereo despertó algo más que expectativa: abrió un debate en las redes sociales y los medios de comunicación. Sin embargo, entre opiniones a favor y en contra, referidas no sólo al espectáculo sino también a los integrantes de la banda, queda claro que todavía no terminamos de comprender que esto no es simplemente un recital.
Desde mi vínculo con la música de Soda y como persona ligada al mundo artístico, creo que todavía no logramos dimensionar lo que la banda nos propone esta vez. Para entenderlo, conviene observar tanto la experiencia que vive el público como la propuesta escénica que Soda despliega. Porque lo que está en juego va más allá de este recital en específico. Es, sobre todo, una nueva posible inflexión para los shows en vivo en Latinoamérica.
Y esto no surge de la nada. Desde el campo teatral, hace años se investiga cómo las artes se transforman, se expanden y reconfiguran sus modos de existencia. En Argentina, uno de los principales referentes en este campo es Jorge Dubatti -investigador, crítico y docente universitario especializado en teatro, literatura y artes-, quien desarrolló una teoría que permite entender con mayor claridad lo que sucede en este caso, con conceptos que podrían ayudar a descifrar lo que sentimos como espectadores frente a un show como Ecos.
Dubatti plantea que todo hecho escénico necesita de un convivio: la coexistencia en un mismo espacio y tiempo entre quienes hacen y quienes presencian el espectáculo. En un recital, esto se traduce de forma simple: la banda y el público compartiendo el mismo lugar. Sin ese encuentro, el acontecimiento no existe. En Ecos, ese convivio está presente: Zeta Bosio y Charly Alberti se encuentran ahí, en escena, compartiendo con el público el aquí y ahora. Pero, ¿qué pasa con Gustavo Cerati?
Ahí aparece otro concepto clave: el tecnovivio. La experiencia del show no depende solo de la presencia física de todos los integrantes; también se construye a través de la tecnología que hace posible que Gustavo sea un agente activo aunque no esté físicamente. El espectáculo se vuelve un híbrido: lo presencial y lo mediado, y lo corporal y lo tecnológico, conviven. Zeta y Charly están en el escenario, compartiendo con el público, mientras que la presencia de Gustavo se percibe a través de la tecnología e impacta de manera real. Esa tensión es la que genera los sentimientos encontrados que aparecen frente a esta propuesta. De esta forma, la teoría planteada por Dubatti se traduce en emociones concretas para quienes estamos presenciando el espectáculo.
¿Cómo puede alguien que ya no está en este mundo seguir generando, en vivo y a través de un soporte nuevo, el mismo sentimiento que cuando estaba activo en su carrera? Y aún más: ¿qué es lo que hace que a nosotros, seguidores de la banda desde hace muchos años —y algunos con la fortuna de haberla visto en el apogeo de su carrera o en giras como Me Verás Volver (2007)— nos atraviese tanto este show? Quizás no sea solamente la historia que tenemos con la banda, sino también el vínculo que seguimos construyendo con ella, incluso desde la pérdida.
La particularidad emocional del show tiene que ver con esto: podemos ver, escuchar y sentir a Zeta y Charly respondiendo a nuestra energía en tiempo real, mientras que Gustavo, aunque no puede hacerlo, termina conectándonos desde otro lugar. Lo que propone la banda esta vez es incluirlo de otra manera, distinta, pero que no deja de hacer que él efectivamente esté presente.
Esta vuelta al escenario también obliga al público a despojarse de estímulos: el pedido de no usar celulares mientras estamos en el show también forma parte de la experiencia. En un mundo donde todo se graba, comparte y se publica en segundos por internet, se propone un regreso a la conexión directa con la música en vivo y sin intermediarios.
Si logramos resistir la ansiedad de capturar esos momentos o de scrollear mecánicamente durante los primeros minutos del espectáculo, algo empieza a cambiar: como espectadores nos adaptamos a la lógica del show. Nuestra percepción termina transformándose: lo que al principio puede parecer una ilusión deja de serlo para convertirse en una experiencia vivida, donde el convivio entre la banda y el público se intensifica.
Todos sabemos cómo es un recital. Lo que desconocemos quienes no llegamos a ver a Soda sobre un escenario por una cuestión de edad, es cómo era estar presentes en un show de ellos. Y esta gira no propone ver a Soda Stereo en vivo, presenta una experiencia que busca acercarnos a todas esas veces en las que tocaron en estadios como River o Vélez, o en distintos escenarios de América Latina.
En ese sentido, esta gira funciona como un puente entre las edades y los recuerdos. Es la oportunidad para que las generaciones anteriores se reencuentren con ese sentir que sólo el vivo puede generar; y, para mi generación, es la oportunidad de acercarnos, a través de esta propuesta, a algo de todo eso.
El fuerte de Ecos es la conexión que se genera de forma genuina y desinteresada entre los Soda y nosotros, con matices distintos según quién interactúa en vivo y quién lo hace desde otro plano. Eso es lo que permite que la experiencia sea emocionalmente potente: nos atraviesa, nos hace reír, llorar o sentir nostalgia. Principalmente nos hace redescubrir a Soda como banda y a Gustavo como figura irremplazable, ahora desde una forma nueva, única, impensada para muchos de nosotros, pero no por eso menos movilizante.
Si algo creado por personas como nosotros y utilizando un soporte tecnológico avanzado logra emocionarnos, el foco debería estar no en la motivación para hacerlo, sino en el lugar desde donde fue creado. Y eso es algo que no podemos negar.
Pero quizás lo más profundo que aparece a partir de todo esto no tiene que ver solamente con la tecnología ni con la puesta en escena, sino con algo más difícil de nombrar: la forma en que seguimos transitando, como público, la ausencia de Gustavo. La emoción y la reflexión se encuentran, y la ausencia se vuelve presencia. Porque este espectáculo no existe a pesar de eso, sino también a partir de eso.
En ese sentido, no se trata de que su figura “sobre” o sea reemplazable, más bien todo lo contrario: su peso es tan grande que obliga a encontrar nuevas formas de presencia. Al mismo tiempo, también pone en juego otro duelo, más silencioso: el de una banda que ya no puede ser como fue, pero que sigue eligiendo existir desde otro lugar. Entre la memoria, la tecnología y el presente, lo que se construye no es una ilusión que reemplaza, sino una experiencia que permite volver a vincularse —de otra manera— con lo que esa música significó y sigue significando para todos nosotros.
Y por eso, es que cuando hablamos de Soda Stereo, hablamos de una banda que siempre buscó ir un paso más allá; con esta propuesta, se posiciona como pionera en Latinoamérica. No sólo reconfigura un show, abre preguntas sobre cómo concebimos los espectáculos en vivo, sobre nuestro rol como público y sobre nuestra disposición a dejarnos conmover emocionalmente por lo que estamos viendo. Existen precedentes en otros lugares del mundo, sí, pero lo que están haciendo los Soda en este caso es único en la región: marca un camino y nos invita a imaginar qué puede venir a partir de ahora.
Es ahí donde se encuentra la verdadera vanguardia de Ecos: lo pionero no está sólo en la tecnología o el formato, sino en cómo nos conmueve. Quienes ya los vieron volver esta vez saben que esto no es un recital cualquiera ni una gira más. Por un ratito, todo lo que parecía imposible se vuelve real: Zeta, Charly, Gustavo y nosotros atravesamos el tiempo y los recuerdos, casi como un sueño, como un sonido que llega desde lejos y que no deja de hacerse escuchar. Un eco de lo que Soda fue, es y será, resonando en nosotros, siempre que estemos dispuestos a escuchar.


