ENREMOLINOS

Adrián Taverna: “A Gustavo le dije todo lo que podía decirle. No me guardé absolutamente nada”

Decir que Adrián Taverna es simplemente un ingeniero de sonido es ignorar cómo se construyó buena parte de la identidad sonora que representó al rock latinoamericano. Si bien los focos siempre apuntaron hacia los escenarios desde donde Gustavo Cerati, Zeta Bosio y Charly Alberti conquistaron el continente, detrás de la consola de sonido, operando las perillas que tradujeron esa ambición artística que tenía Soda Stereo en una aplanadora de audio que se llevaba todo por delante, siempre estuvo él. Para muchos, Adrián Taverna es el cuarto Soda. Para él, esa afirmación no es más que “una estupidez”.

Días atrás, Matías Ponfil y Gonzalo Siddig -conductores de RASCACIELOS Podcast- recibieron a Adrián frente a sus micrófonos. Testigo silencioso de la intimidad creativa y de las naturales tensiones de camarín, la figura de Taverna emergió con el correr de los años como un pilar fundamental en la historia de Soda Stereo, transformándose también en uno de los custodios definitivos de su legado. Es tan así para el público que, en muchos casos, incluso, en su voz se infiere “lo que hubiese pensado Gustavo” de tal o cual situación, algo que inevitablemente podría describirse como una mochila personal, aunque también, como amigo personal de Cerati, eso lo ha acercado de una manera diferente a la gente.

Pero si uno lee la descripción, cae de maduro que efectivamente Adrián podría ser considerado tranquilamente el cuarto Soda. Sin embargo, en la entrevista con RASCACIELOS, esa es una de las primeras definiciones que busca desterrar por completo. “Soda Stereo es un trío, es así. Sé que es histórico lo del quinto Beatle o el cinco mil Rolling Stone, yo que sé. Pero no lo digo despectivamente, me parece que tratar de buscar eso es rebuscado. Soda Stereo es un trío (…) Espero que no se ofenda nadie, porque van a decir ‘ay, no, está despreciando’. No desprecio nada. (…) Todo lo que recibo, en un 99%, es mucho cariño, mucho afecto y sé que la gente lo hace como que yo siempre estuve y se acercan con mucha calidez. Lo vivo de esa manera y lo agradezco muchísimo porque yo soy un sonidista. Es muy extraño lo que me pasa a mí con respecto a la gente (…) No conozco ningún otro sonidista que sea tan reconocido”.

Adrián Taverna fue el ingeniero de sonido de Soda Stereo desde 1984 hasta el último acorde de la gira Me Verás Volver en 2007; pero encontró en Séptimo día (el espectáculo que presentara el Cirque du Soleil en 2017), en Gracias Totales y en Ecos un nuevo capítulo para una historia que creía ya era parte del pasado.

Respecto a la gestación del espectáculo de Ecos -que lo mantiene actualmente en gira por el continente y del que obviamente destaca la parte visual con la figura de Cerati compartiendo escenario con Zeta Bosio y Charly Alberti-, Adrián explica que su producción tuvo exclusivamente que ver con la parte auditiva, y no precisamente por un tema emocional. “Entendí que son caminos paralelos. Yo me involucré y me dediqué a la música. O sea, a las pistas, a escuchar, a tratar de elegir (…) Yo trabajé por mi lado. No me afectaba, digamos, lo que se iba a ver. Obviamente tenía la posibilidad después, por si tenía que corregir algo, pero para mí la prioridad es la música. Yo soy sonidista, trabajo con bandas que hacen música, entonces mi prioridad es esa. Es más, hay muchos shows que yo no veo. Estoy en mi mundo, escuchando, que es lo que tengo que hacer”.

Ecos, que ya lleva cerca de 30 funciones realizadas en diferentes países y prevé continuar con su gira al menos hasta noviembre, es un espectáculo que ha sabido crecer en base a sus propias virtudes consolidando una nueva manera de experimentar los shows en vivo. Eso mismo ha permitido que Adrián levantara la vista en algún que otro pasaje del espectáculo. “Ahora que tengo todo un poco más controlado, miro. Pero no muy asiduamente -aclara-. Para mí es una sensación y un tipo de espectáculo nuevo y también me llevó un tiempo adaptarme a eso. Porque no tener una interacción con un miembro… el líder, la voz, el guitarrista… teníamos una complicidad que obviamente no puedo tener con una proyección. En ese aspecto soy muy frío: si vos me decís que levanto la vista y veo eso… a mí no me genera nada. ¿Pero sabés qué aprendí con estos más de veinte shows con Ecos? Al principio me sentía extraño, pero después aprendí la emoción de la gente, y eso me conmueve. Eso me supera en todo. Ahí sí entendí y me hace sentir que formo parte de algo que para la gente es invalorable, lo disfruta, se emociona. Yo definí a Ecos como pura emoción”.

Esa emotividad a la que evoca Adrián tiene mucha conexión con la posibilidad que tiene el público, sobre todo juvenil, de ver en vivo al grupo del que siempre escucharon hablar, pero al que nunca imaginaron tener enfrente. “Eso me impacta de buena manera -refiere-. Seamos realistas: era algo imposible. Yo también tenía mis prejuicios. Me pasó con lo del Cirque du Soleil, con todo eso, decía ¿qué estamos haciendo? (…) Yo hago mucha referencia al Cirque du Soleil porque para mí fue un proceso muy similar y si no hubiese existido el Cirque du Soleil seguramente no hubiera existido Ecos, para mí. Y algo que nunca pude entender: a Soda algunos siempre lo han minimizado, pero… no sé, Soda sigue sorprendiéndome. Cuando yo digo ¿qué más vamos a hacer?, aparece otra cosa”.

La firma de Taverna está impregnada en cada mutación estética de Soda pero también en la consagración solista de Gustavo, a quien acompañó incondicionalmente hasta esa trágica noche de 2010 en Caracas. Adrián fue, fundamentalmente, el confidente, el cable a tierra y el mejor amigo de Cerati, con quien conversó por primera vez a bordo de un 108 con destino a la agencia de Carlos Rodríguez Ares. “Es tan lindo ese momento de mi vida -recuerda-, que no tiene fallas para mí. Sin pensar lo que iba a pasar después de aquel encuentro tan casual. Yo no cambiaría nada de eso”.

Consultado sobre si quedó algo por decirle a Gustavo, o incluso si hubiera podido decirle que se cuidara un poco más, Adrián es contundente. “Yo no me guardé nada con Gustavo, y él conmigo creo que tampoco (…) Lo que le pasó a Gustavo me podía haber pasado a mí. Nosotros estábamos todo el tiempo juntos. Como digo siempre: comíamos, viajábamos, trabajábamos, entonces compartimos mucho, y tan intensamente, que obviamente hablás todo el tiempo de todo. Y hay preguntas que uno se hace uno mismo y a veces se las comunica a un amigo. Pero también es muy difícil resolver las cosas. La gente no se imagina lo que es la vida de algunos artistas. En el caso nuestro, cada vez que hacíamos algo ya buscábamos hacer otra cosa mejor. (…) Cuando tenés esa intensidad permanente, convivís con todo lo del artista y viceversa. El intercambio de palabras, de pensamientos y sentimientos es permanente. Entonces, ¿qué le podría haber dicho?, le dije todo lo que podía decirle. No me guardé absolutamente nada. Cualquier tema que se te ocurra, no esquivamos nunca ninguno y nos decíamos las cosas en la cara. Por eso es que yo estuve 29 años con él, y eso no es algo habitual. Soy el único que estuvo todos esos años, y por algo debe ser”.

Por último, y para cerrar, Adrián fue invitado a elegir un único momento, una imagen o una charla con Gustavo. “Podría elegir muchas, pero hay un momento muy especial en la vida de los dos que fue cuando volvimos a Viña del Mar con la gira Ahí vamos en 2007. Fue un momento muy especial de él y mío. Nosotros teníamos muchísima complicidad sin decirnos nada, nos mirábamos (…) y fue un día muy emocionante. Hay una foto que nos sacaron donde él me está dando un beso, esa foto es todo para mí. La representación de nuestra hermandad está en esa foto. Fue la captura de ese momento, porque nosotros habíamos ido a ver qué pasaba al festival de Viña, la explosión de la Sodamanía (en 1987) y teníamos muchos prejuicios también. Era plena dictadura de Pinochet que no era un cuatro de copas, era un hijo de puta grande como tuvimos nosotros también. Y fue todo en un contexto de mucha locura, no entendíamos nada. Y la vuelta de nosotros -en 2007- fue de otra manera: ‘nosotros sí volvimos’. Fue una cosa muy estimulante para nosotros”.

Quizás en este puntilleo resida una de las claves para entender a Adrián Taverna. Mientras el público insiste en ubicarlo dentro de la leyenda -cuestión que pareciera ser más que merecida- él continúa aferrado a una definición mucho más simple: la de un sonidista que tuvo el privilegio de acompañar durante casi tres décadas a una de las mentes más brillantes de la música latinoamericana. Sin embargo, si uno desmenuza las historias que cuenta, los recuerdos que conserva y la emoción que todavía le provoca ver a la gente conectarse con aquellas históricas canciones, se revela algo más profundo. Porque aunque se resista a cualquier etiqueta grandilocuente, Taverna no sólo ayudó a construir el sonido de Soda Stereo sino que se convirtió en uno de los puentes más genuinos entre aquella historia irrepetible y las nuevas generaciones que siguen encontrando en ella un motivo para emocionarse. Y eso es lo que realmente vale.