Si hay algo que define a un buen espectáculo es cómo a medida que avanzan las funciones pueden pulirse los detalles que acercan al producto hacia una excelencia que, seguramente, sea igualmente inalcanzable.
Eso es lo lindo del arte: incluso en un espectáculo que por su fisonomía no puede salirse de ciertos márgenes estrictos (lo que podría atentar ciertamente con la espontaneidad), existe un margen de mejora que eleva la calidad final de lo que se presenta, lo que en definitiva lo vuelve moldeable.
En mi caso, tuve oportunidad de ver el primer show de Ecos realizado en Buenos Aires el 21 de marzo pasado y este sábado, mes y medio después de aquel debut, reencontrarme ya en Montevideo de una forma diferente ante esa mole tecnológica, visual y musical que te pasa por arriba.
Más allá del impacto de las canciones que han marcado a varias generaciones de decenas de países y que en ningún caso se ponen en tela de juicio, resalta el momento en que comienzan los primeros acordes de “Ecos” (editado en 1985 en el disco Nada personal) y Charly, Zeta y un Gustavo aún sin descubrir suben al escenario. En ese instante, todo se transforma automáticamente en una paradoja contemporánea: somos invitados a un viaje al futuro construído con fragmentos del pasado. Y eso, debe decirse, ya lo sabemos de antemano.
En este espectáculo, la aparición de Gustavo Cerati en un formato holográfico -avatar, o cómo quiera definirse- no se trata únicamente de un truco visual, sino de la representación simbólica de toda una experiencia donde la tecnología opera como un puente emocional entre tiempos distintos. La versión 2026 de Soda Stereo apela a diferentes recursos para hacer posible lo que en realidad, aunque duela decirlo, no existe.
En tal sentido, el Cerati que aparece en escena se asemeja bastante al Gustavo de su última etapa solista -aquella de 2009 y 2010- con leves retoques que no modifican en absoluto un aspecto, el suyo, que además es reconocido por todos.
En el inconsciente colectivo están instaladísimas las imágenes de lo que fueron sus últimas presentaciones. Todos tenemos en la mente la sesión de fotos de Cerati para presentar su último disco o aquellos conciertos por toda Latinoamérica durante la gira Fuerza natural. Se trata entonces de un gran acierto, y vale decirlo, que la producción haya buscado acercar a Charly y Zeta hacia ese Gustavo (aún a pesar de los 16 años de diferencia entre unos y el otro) y no avejentar a un Cerati que, en ese caso, hubiese sido “artificializado” (si vale el término) en demasía.
Tras esta segunda oportunidad de observar el show (y repito, con varias funciones entre medio), me da la sensación que la clave del impacto de Soda Stereo Ecos reside en cómo la tecnología deja de ser un medio o un accesorio para convertirse en un lenguaje en sí mismo. El uso de lo artificial, del modelado 3D, de la captura de movimiento y de tantas otras capas de las que Nico Bernaudo y su equipo se valen para llevar adelante este espectáculo, permitió construir una figura hiperrealista que no sólo luce como aquel Gustavo Cerati que ya conocimos, o no sólo imita su gestualidad, sino que interactúa con el entorno lumínico y escénico lo que justamente genera la ilusión de su presencia física.
Es ahí donde el espectáculo deja de ser un recital tradicional y pasa a ser una experiencia en sí misma donde lo digital no reemplaza a lo humano, pero sí lo reconfigura. Hay que dejarlo claro: bajo ningún concepto la tecnología logra resucitar a Gustavo, pero sí llega a producir un efecto tan impactante y suficientemente potente como para suspender en todos nosotros, aunque sea por algunos instantes, la conciencia de su ausencia y el sentido de que Soda Stereo sí está frente a nosotros.
Entrevistado por el podcast Caja Negra, Bernaudo expresó que “hemos logrado que el público diga que ha vuelto a ver a la banda”. En ese caso, y tomando obviamente la percepción que el propio creador tiene sobre su obra, entra en juego que lo verdaderamente decisivo ya no pasa exclusivamente por la tecnología sino por lo emocional.
El público, compuesto tanto por quienes vivieron el auge de Soda Stereo como por nuevas generaciones que heredaron su música, reacciona en el espectáculo con una intensidad que fluctúa entre la euforia, la emoción, la atención y el llanto.
Si uno tiene un mínimo de sangre corriéndole por las venas, razonará y percibirá lo impresionante que es encontrarse con chicos y chicas de 10, 12 o 15 años llorando por estar frente a algo que nunca imaginaron podrían vivir. Es ahí donde podemos resaltar que finalmente, Soda Stereo tiene su versión 2026.
Los más grandes debemos hacer un ejercicio vital para lograr comprender este fenómeno: esos mismos adolescentes no sólo nunca vieron a Gustavo en vivo, sino que probablemente nunca hayan visto a Gustavo vivo, lo que los ha privado de saber cómo piensa, de encontrarlo en la televisión mientras hacen zapping, de cruzarlo en las revistas mientras ojean las notas, o de escucharlo opinar en el día a día.
Por naturaleza vivimos tratando de desafiar al tiempo constantemente. Es inherente al ser humano. Y Ecos lo logra: no sólo reconstruye a una figura artística -apelando a la energía que rodea a Gustavo Cerati y al perfecto ensamble con Zeta Bosio y Charly Alberti que da forma a Soda Stereo-, sino también a una experiencia colectiva que parecía perdida en el tiempo.
Es cierto, después podemos discutir el fenómeno de revisitar a artistas que ya no están con nosotros y si eso responde a una real necesidad o a una nostalgia inagotable. Yo creo que no se trata únicamente de añorar el pasado sino de intentar completarlo. Las nuevas generaciones buscan vivir aquello que les fue negado por una cuestión temporal, mientras que las generaciones mayores (entre las que, aunque me pese, debo incluirme) intentan reexperimentar un momento fundacional de sus vidas. En ambos casos, el holograma funciona como un dispositivo de reparación simbólica e histórica: claramente no devuelve al artista, pero sí restituye la posibilidad de su encuentro.
Así como históricamente nuestros antepasados construían monumentos o relatos para mantener viva la memoria, hoy se utilizan tecnologías inmersivas para producir una ilusión de presencia. La diferencia es que ahora la memoria no es estática, no queda quieta: se vuelve performática, ocurre en tiempo real, se canta, se llora y se comparte colectivamente.
Pero, y ya como cierre, hay un punto que es inevitable mencionar. Por más lograda que sea la ilusión, persiste la conciencia de que “no es él”. Esa ambigüedad entre la emoción genuina y la confirmación de la ausencia, y que es natural sentir, es precisamente lo que potencia la experiencia de Ecos. La tecnología no elimina la pérdida; la hace visible de otra manera.
En definitiva, el show no sólo muestra hasta dónde puede llegar la innovación técnica y tecnológica en la música en vivo sino que expone algo mucho más profundo: que el vínculo entre el público y Soda Stereo trasciende a la vida biológica y que, en una época donde todo puede ser recreado, lo que realmente se busca no es engañar o difuminar a la muerte, sino dialogar con ella e, incluso, permitirle acompañarnos y que sea un disfrute.


