Especiales

Cuando gira el mundo: mi primera aproximación al «Dynamo» de Soda Stereo.

Daniel Ackerman

No recuerdo exactamente qué día fue. Creo que una tarde de noviembre de 1992. Aquel día acontecían dos eventos importantes que me hicieron estar expectante durante toda esa mañana: mi ceremonia de graduación de colegio y la salida a la venta del nuevo disco de Soda Stereo en Chile.

Sobre lo primero, sólo decir que luego de cinco años de estar en el colegio San Ignacio (el último año de primaria y los cuatro de secundaria) terminaba mi vida escolar. Si bien era algo que no me preocupaba del todo –aunque no cabe duda de que sentía el peso social que implicaba tomar una decisión vocacional «para toda la vida» y junto a ello dar cuenta de una mayor madurez- debía elegir una carrera y con ello una profesión. No tenía ninguna duda, estaba claro que era la sociología el camino que quería seguir.

Respecto al colegio, estaba y sigue estando ubicado en el centro de Santiago. En las cercanías de la estación de metro Moneda, al lado de la casa de gobierno, y a sólo algunas cuadras del mayor centro comercial de Santiago. Lugar tradicional donde convergen tiendas y negocios de todo tipo, junto al incipiente comercio ambulante de la época. A saber, todo esto antes de que los malls acapararan gran parte de este rubro en la ciudad, cambiando con ello, en parte, la fisonomía del lugar.

Uno de los aspectos que recuerdo con más cariño del colegio, además de adquirir el gusto por las humanidades y mi vocación hacia lo social, era justamente su proximidad al comercio, al Paseo Huérfanos y sus decenas de pequeños pasajes y galerías comerciales que lo poblaban. Muy distinto al entorno de mi antiguo colegio, ubicado en el sector oriente de Santiago, en las faldas de la gran cordillera de los Andes, evento geográfico que me separaba del país de origen de mi banda favorita.

Lo otro que me tenía ansioso ese día era la publicación de un nuevo disco de Soda Stereo. Era -y sigo siendo- un fan acérrimo, ferviente y muy dedicado de esta gran banda trasandina. Desde aquella vez que escuché, en un recreo en mi antiguo colegio (año 1986 muy probablemente), el tema «Nada personal« en un personal stereo de un compañero de curso. Luego vino Signos (el que conseguí en una feria libre del puerto de Coquimbo en febrero del 1988, luego de reiteradas súplicas a mi padre), Doble vida y Canción animal. Estos últimos adquiridos en la misma semana que fueron puestos a la venta, luego de juntar dinero durante algunos meses para tal efecto.

El evolucionar musical de la banda era mi propia evolución como niño, adolescente y luego joven. También en términos estéticos. Del pelo dirigido hacia arriba, luego la melena y después la chasca “animal”, seguía la moda que mis maestros trazaban influenciados por bandas inglesas de la época… ¿Qué vendría después? Nunca me lo preguntaba, ¿con que propósito si era obvio que lo encontraría genial y estaría adorándolo como cualquier mascota fiel a su amo?

Volviendo a esa tarde de noviembre del 92, recuerdo haber almorzado y luego haberme vestido de uniforme escolar (en su versión más fina y pulcra para la ceremonia que tendría aquella calurosa tarde). Salí de mi casa y me fui en micro hacia el colegio. Esta vez el trayecto sería distinto y, por ello, había salido casi una hora antes de lo necesario para llegar a la preparación de la ceremonia de graduación. Me bajaría en Paseo Ahumada para comprar el Dynamo, en alguna de las varias disquerías que se encontraban en el lugar.

Recuerdo vívidamente haber partido mi búsqueda en la Feria del disco, aquella sucursal de esta gran tienda musical que se ubicaba en la entrada del Paseo Ahumada. Búsqueda fallida. La dependiente de la tienda me señala con voz grave que aún no ha llegado el disco, que vuelva la semana siguiente. ¡¿Cómo seguir esperando?! ¡Imposible! Así que me dirigí a otras disquerías del barrio, donde tampoco había llegado el ansiado objeto. Segunda y tercera búsqueda fallida. El desánimo empezaba a reinar y el tiempo a escasear…

Luego de un par de intentos más, igual de fallidos que los anteriores, recuerdo haber entrado a la galería Santiago Centro, donde se ubicaban dos sucursales de la disquería Colt 70. En la vitrina de una de ellas (la más pequeña de las dos) se veía un afiche colorido. Al centro del cual se observaba un corazón de tono medio verde-azuloso con unas figuras circulares y algunas pequeñas estrellas amarillas a su alrededor, en un fondo rojizo que señalaba el nuevo lanzamiento de 50d4 573R30. Entro a la tienda algo agitado y ansioso y consulto al dependiente si habrá llegado el último disco de Soda. Éste, sin estar completamente seguro, me señala:

– Durante la mañana llegó una caja con discos nuevos. Espérame para ir a ver…

Luego de unos minutos (que parecieron muchos más), el vendedor de la tienda llega con un casete en su mano del mismo color que el afiche que había visto en la entrada y me lo pasa. EN MIS MANOS TENÍA EL ÚLTIMO DISCO DE SODA STEREO…

Si bien andaba muy arreglado para mi graduación (zapatos negros lustrados como nunca, chaqueta, camisa blanca nueva y corbata), llevaba mi banano (“riñonera”) agarrado en mi cintura con mi personal stereo con el único propósito de escuchar el disco mientras caminaba desde Ahumada hacia Alonso de Ovalle con San Ignacio, esquina donde se ubicaba la Iglesia del Colegio, lugar donde sería la ceremonia que coronaba el término de mis estudios secundarios.

Nunca pensé que otra ceremonia empezaría a suceder justo en el momento cuando pulse play en mi aparato reproductor. Un arranque musical de guitarras bastante distorsionadas, a mi modo de entender, y una voz tímida que fraseaba que la secuencia inicial comenzaba a correr, inundando no sólo mis oídos, sino también, a través de los distintos sistemas que componen el cuerpo humano, todo mi ser.

Ese sonido era algo extraño para mí, novedoso pero difícil de asimilar. Pero un fan es incondicional, y como mi curiosidad es más grande que mi miedo -como dice la letra del primer tema que empezaba a descifrar- seguí escuchando mientras transitaba por el Paseo Ahumada llegando a la Alameda (principal avenida de la ciudad de Santiago). En un momento sentí que estaba entrando a un mundo paralelo (es cierto que casi siempre se produce esa sensación cuando estás caminando por la ciudad reproduciendo un buen tema en tu walkman, pero esta vez parecía que era en serio). Pensé esto justo cuando escuchaba «resbalé, quedé flotando así, sin tocar el suelo«. Sugerentemente Cerati me invitaba a seguir profundizando en su nueva propuesta, «a entrar y dejarme caer» como dice «Secuencia inicial». Todo esto acompañado con una serie de sonidos envolventes, que creo nunca había experimentado en mi vida (uso ese verbo, para no quedar corto con el verbo ”escuchado”).

Ya en la Alameda, a esa altura medio hipnotizado por el nuevo sonido de Soda, comencé a seguir los designios que me presentaba el siguiente tema: «sal del camino, toma la ruta«. Así que, en vez de seguir por la Alameda hasta Lord Cochrane para doblar hacia el sur (trayecto que diariamente hacía en mis días de escuela), entré por Paseo Bulnes, disfrutando-digiriendo lo que se me seguía presentando ante mis oídos. Juro no haber consumido nada extraño ese día, sólo el arroz con pollo del almuerzo.

Hubo un breve instante en el que estaba tan inmerso en lo que se me proponía musicalmente que olvidé la razón por la cual estaba vestido tan formalmente, sólo pude recordarla cuando escuché la mágica voz de Gustavo decir «y a veces sueñas con volver a los viejos buenos tiempos«. ¿Será así como recordaré la época escolar cuando sea viejo? Ahora con casi 48 años creo que hay algo de verdad en esta frase.

Retomé la conducción de mis pies y me fui caminando por Alonso de Ovalle. Ya en Lord Cochrane, específicamente en la esquina del colegio, donde estaba el quiosco que acompañaba todas mis mañanas de cigarrillo y lectura de portadas de periódicos antes de entrar a clases, me vino un mareo profundo al escuchar unas guitarras que lentamente aparecían, más envolventes aún que las anteriores. Inmediatamente me sentí angustiado-sorprendido con este nuevo movimiento sonoro. No lograba identificar si “internamente” mi mente y todo mi organismo comenzaban a girar o efectivamente era mi cuerpo externo, a la vista de los peatones que circulaban por ahí, el que comenzaba a girar en remolinos. Gracias a la entrada de unos certeros e imponentes golpes de batería, pude retomar el ritmo y seguir mi camino. Me di cuenta de que en ese momento pasaba frente a mi colegio para dirigirme a la Iglesia que se encontraba en la esquina siguiente. ¡¿Qué es esto?! Me preguntaba, sin entender cómo la música era capaz de generar tanto estímulo en mis sentidos, cambiando profundamente la forma como me relacionaba con un entorno tan conocido como cotidiano era.

Girando como el mundo, llegue frente a la Iglesia, donde ya no sólo giraba yo y el mundo al son de las guitarras y la melosa voz de Cerati, algo tenía esta canción que era capaz (al parecer) de invocar imágenes en mis ojos. También vi girar a Dios.

Me quedé un rato esperando calmarme antes de entrar a la Iglesia, donde debíamos prepararnos para la ceremonia de graduación. Esperé que la canción terminara para apretar stop y sacarme los audífonos de los oídos, pero un sutil y a la vez agudo sonido de un pitido se alargaba hasta llegar a un riff de guitarras que logré reconocer, me avisaba que la canción que venía era aquella elegida por Soda para lanzar el disco. Era «Primavera 0». Pude finalmente retirarme los audífonos y conectarme con la realidad de siempre. Llegaba a la primera estación de mi viaje. Viaje con parajes nunca antes sentidos. Aún todo vibraba en mí.

Después de la graduación, ya en mi casa acostado, luego de haber ido a comer con mis padres para celebrar el cierre de un ciclo importante de mi vida, me puse los audífonos del walkman y retomé el viaje que había comenzado unas horas antes, en mi periplo endynamizado por las calles de Santiago Centro. Este nuevo viaje fue igualmente placentero, sin sobresaltos, acompañado por una serie de sonidos y ritmos que fueron lentamente induciéndome el sueño.

Al otro día desperté con los audífonos puestos en los oídos. Nunca me quedó claro si las imágenes que estaban en mi retina al momento de despertar fueron sugeridas por el disco o sólo era un sueño

que había tenido. Creo que da lo mismo la respuesta cuando uno siente la música como un conjunto de sonidos, sensaciones e imágenes que te envuelven.

Han pasado 30 años desde aquel día. Actualmente me desempeño como sociólogo, y debo reconocer que he sentido más dudas de mi profesión que de mis gustos musicales, donde el Dynamo tiene el sitial principal. Disco que recurrentemente vuelvo a escuchar, sintiendo las mismas sensaciones que aquel noviembre de 1992. Esa misma «energía misteriosa«, ese mismo «resplandor«.

Algunas veces, cuando me acuerdo de aquel día, me pregunto también si no habré sido acaso el primero que adquirió en Chile este hermoso e indescriptible disco.

Sobre el autor

Jorge Castillo Peña

Nacido en Santiago de Chile. Sociólogo, experto en Educación y gran admirador del trabajo musical de Soda Stereo y Gustavo Cerati. Ha escrito columnas de opinión en prestigiosas revistas chilenas como The Clinic y El Mostrador.

Archivo de noticias