Editoriales

Gustavo Cerati, el invencible.

Un beso sostenido. La mirada hacia el público. La púa como regalo. La guitarra que cuelga. Un “hasta la próxima” que promete. Los puños en alto, la alegría visible y su aplauso que devuelve. Gustavo Cerati se aleja del escenario hacia la oscuridad de un fondo que lo espera mientras el resto de la banda lo acompaña. Estamos en Caracas y es 15 de Mayo de 2010. El destino dirá que esa falta de luz finalmente lo sumergirá en cuatro años eternos de un estado de coma. El tiempo, a su vez, reflejará que aquella imagen al finalizar Lago en el cielo será la última que el mundo verá del ícono al que, sin mayores cuestionamientos, creíamos invencible.

Ya pasaron doce años. Podría decirse que el tiempo ayuda a reconsiderar, reconstruir, o incluso a percibir de manera distinta los sentires propios y ajenos. En ese revisitar, de hecho, se esconde la posibilidad de magnificar la ausencia de quien ha dejado una marca indeleble en lo que lo rodeaba. Y claro, Gustavo Cerati no es la excepción.

Pero es cierto, si hablamos de ausencia indefectiblemente tocamos a la muerte como un tema trascendental. Y es más real aún que no existen, quizás, muertes que se puedan considerar como buenas, o elegibles. Sin embargo, del silencio de Cerati se desprende automáticamente el hecho de que nos dejó bajo sus propios términos, como si lo hubiera decidido de esa manera. Vale decirlo, de aquellos cuatros años de internación no existe registro alguno. Y lo icónico, paradójicamente, es refrescar que su última imagen conocida es justamente con una guitarra colgando y prometiendo un regreso que finalmente no sucedería.

Gustavo partió en absoluta privacidad y con su dignidad intacta, libre de detalles o chismes de mal gusto. Con elegancia. Lo pienso. En raras ocasiones eso es lo que sucede con nuestros héroes culturales. Con la mayoría de los grandes artistas ocurre un declive gradual (o incluso un colapso total). La calidad de su trabajo se va apagando, de a poco, como la llama de una vela que alguna vez supo iluminar. Y a menudo, sus muertes se sienten inferiores a ellos mismos: una última indignidad y como tal, inmerecida. Pero el silencio de Cerati fue distinto. Llegó apenas meses después de lanzar Fuerza natural, su último álbum con nuevo material que se lanzó el 1 de Septiembre de 2009.

La música es capaz de invocar cualquier sentimiento. Puede ser alegría, obvio. Pero también puede ser la expresión de un miedo incipiente y oculto, o una tristeza transformada en un profundo anhelo, que va mucho más allá de las facultades o características que nos representan. De algún modo, creo, la música puede contener esa emoción y envolvernos ahí por la duración del momento para, finalmente, nosotros mismos transformarnos en la música, mientras esta siga sonando. En el caso de Cerati se viven todos estos sentimientos a la vez.

Doce años después del silencio de Cerati, el universo especial que describe su música parece más cercano que nunca. La absoluta sobrecarga sensorial del mundo y la presión intolerable de la realidad, nos refriega una sensación de irrealidad, de farsa, de mentiras, de tratos y de ofertas. La aparente fragilidad de la identidad que nos representa nos hace aislarnos del mundo hacia un lugar solitario poblado únicamente por seres virtuales, avatares y 280 caracteres. Y eso enferma, claro. La única manera de sobrevivir en este mundo, pareciera, es aislarnos en nuestros propios confinamientos privados y asomarnos con sospecha y temor por ventanas y pantallas, sintiéndonos solos y, al mismo tiempo, anhelando ser amados por alguien o por algo.

Así las cosas, y aunque no tengo pruebas, pero tampoco dudas, me animo a afirmar que Cerati no se hubiera sentido alegre ni reivindicado en absoluto por la realidad que nos toca vivir. Pero por suerte, al otro lado de la ilusión muerta, de la realidad deteriorada y de las mentiras cotidianas, siempre estarán la imaginación y el arte. Del otro lado, también, estarán la inteligencia brillante y permisiva de un Cerati que nos habla en nuestra soledad y toca nuestra viveza con cada una de sus palabras, así como la belleza de la poesía que el propio Gustavo definía como “la única verdad”. Es por ello, y entendiendo el escape al paso del tiempo, que lo único que tenemos que hacer es escucharlo y ofrecerle nuestros corazones. Porque de algo estoy seguro: Gustavo Cerati seguirá vivo siempre que haya personas que sientan que no pertenecen a este mundo. Y eso, en definitiva, es lo que lo hace invencible.

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Sobre el autor

Allan Kelly Márquez

Nacido en Montevideo, Uruguay, lleva adelante EnRemolinos desde el 30 de Octubre de 2009. Admirador de Soda Stereo, se transformó en coleccionista. Colabora con material de su archivo para el especial Soda Stereo +INFO (2007), y los libros Cerati, la biografía (2015) y Yo conozco ese lugar (2016).

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