Soda Stereo

La gira Gracias Totales Soda Stereo desde adentro

Germán Sáez

El tiempo muerto en hoteles ya no es lo que era para los dos Soda Stereo que finalmente concretaron uno de sus deseos más obsesivos de los últimos años: volver a tocar las canciones de su banda, en una gira de estadios, con un “espectáculo multimedia”, el formato que, tras dos años de elaboración y proceso, les permitió que la tecnología jugara a su favor en eso de “evocar a Gustavo”, según las palabras que ellos mismos utilizaron en el sorpresivo comunicado con el que anunciaron esta odisea, en octubre del año pasado. Tampoco esta situación de hoteles y gira es la que era para la experimentada troupe que acompaña a Zeta y Charly Alberti en esta aventura, viejos amigos que, de una u otra forma, han sido testigos o protagonistas de la historia grande de Soda Stereo: Richard Coleman, Roly Ureta (histórico guitarrista de Fricción y último ladero de Miguel Mateos), el Zorrito Quintiero, el fiel sonidista Adrián Taverna, Caíto Lorenzo (director visual de Soda y artífice estético del grupo desde siempre), el fotógrafo Germán Sáez, Marcelo Angiolini (ayer todoterreno del grupo, hoy con el título de Production Manager de la gira), más plomos, asistentes y hasta algún que otro ex manager, todos sobrevivientes de aquellos años.

Cómo cambiaron las giras de rock“, dispara al pasar Quintiero, último en llegar al gimnasio de un hotel cinco estrellas de Bogotá, ciudad donde la gira Gracias Totales comenzó en un profético 29 de febrero (“esto sucede una vez cada cuatro años“, dirá con ironía el mismo Quintiero). Desde que aterrizaron en el rockero aeropuerto El Dorado, apenas tres días antes del debut en el estadio El Campín, el Zorro, Alberti y Coleman se cruzan rigurosamente todos los días entre cintas para correr, bicicletas fijas y pesas a las 10 de la mañana, minutos después de haber desayunado ligero y en familia.

En la misma sintonía saludable y, por qué no, sibarita, los almuerzos suelen estar guiados por el tecladista y gourmet sin diploma, quien siempre parece tener a mano un restaurante amigo dedicado a la alta cocina, ya sea Bogotá, Lima o Guadalajara. Por lo general, se descansa por las tardes y, cuando no hay prueba de sonido, ensayo o show, las noches de esta banda y crew +50 no van más allá de la hora de la Cenicienta.

Las cosas también cambiaron puertas afuera del hotel. Las chicas y chicos esperando por un autógrafo siguen ahí, pero ahora en la mayoría de los casos van acompañados por sus madres y padres uniformados con remeras retro de Soda Stereo. Por esas vueltas del destino (y de las estrategias de marketing de la industria discográfica), en sus manos llevan vinilos para firmar, como en aquellos años 80 de sodamanía, pero definitivamente ya no se trata de multitudes que se lanzan sobre combis o limusinas, sino de un puñado de pacientes seguidores con educada veneración.

Hay también un espíritu de despedida, de nostalgia y de camaradería que ni siquiera llegó a impregnar la última gira de Soda Stereo, Me Verás Volver, en 2007. “Para mí es algo fantástico, increíble y milagroso que estemos de gira de vuelta. Algo que pensaba que no iba a pasar nunca más. Estoy viviendo el ahora y es fantástico. Nos vamos a subir a aviones para tocar a otros países y es algo magnífico. Es un gran esfuerzo hacer esto y no sé si podremos hacer mucho más de lo que estamos haciendo. No hay más que esto. No sé si en cinco o diez años tendré ganas de hacerlo. Además, estamos mucho más cerca del final real“, dirá Zeta, buscando complicidad.

Por supuesto, también por este hotel colombiano, búnker de la primera parada de la gira Gracias Totales, ronda una ausencia imponentemente presente, que hasta por momentos puede asustar. O conmover, según la ocasión. “Cuando tocamos En la ciudad de la furia, con Gustavo cantando, me parte. Pero lo que más me conmueve es cuando sobre el final del tema, él toca la guitarra y es como que seguimos la frecuencia y estamos tocando con él. Te lo cuento y se me pone la piel de gallina. Es algo intransferible. Porque en un punto es volver a tocar con Gustavo y te lo cuento y me emociono“, dice Coleman, “una estrella de rock en su madurez“, como lo define entre risas Quintiero, el hombre encargado de distender todo tipo de presiones en este equipo, y el único que logra escaparse alguna noche con plan seductor.

Como parte de la comitiva en este inicio de gira también están varios de los cantantes invitados: Rubén Albarrán (Café Tacvba), Adrián Dárgelos, León Larregui (Zoe), Mon Laferte y Robi Draco Rosa. Todos dan entrevistas a la prensa latinoamericana, con excepción del cantante babasónico. “No tengo mucho para decir“, se excusa ante quien se atreva a pedirle alguna declaración.

¿Te sentiste bien?“, repite Charly Alberti luego de cada pasada de los temas con los invitados durante la prueba. El baterista es el hombre a cargo arriba del escenario. Incluso es él el encargado de disparar los videos que sincronizan todo el show. Los cantantes van pasando y se entrelazan en abrazos con Charly y Zeta. Rubén Albarrán arremete con La cúpula, Andrea Echeverri intentó sumar una acústica a Pasos, pero no funcionó. “Dejalo a Simón que él hace las acústicas“, dice Alberti intentando no quedar descortez. Draco Rosa la rompe con En remolinos y Dárgelos ni se despeina con Trátame suavemente. Desde el mangrullo de sonido, Taverna ajusta este monstruo de mil cabezas y todo sale de acuerdo al plan, con la excepción que al final del ensayo, ya sobre la noche bogotana, una llovizna pone en alerta a la producción a horas nomás del debut. “Debe ser toda esa gente que anda tirando mala onda por las redes“, sugiere una mánager que da vueltas por el predio, aún emocionada tras haber escuchado por primera vez el show de principio a fin.

De regreso en el hotel, el Zorrito es el primero en volver y da sus impresiones: “Charly y Héctor (Zeta) se mandaron a hacer un espectáculo novedoso y eso también es un peso. Esto de sincronizar imágenes, invitar a gente que aparece cantando grabada, otros que cantan en vivo. Es algo más actual. Todos queremos debutar y ver la fuerza de la situación, pero el espectáculo tiene nivel. Hoy cuando bajé del escenario y los vi tocando solo a ellos dos, con Gustavo en las pantallas, se me mezclaron las emociones. Y me impactó verlo en esa escala también“.

Nada más queda. El trabajo de ocho meses y una trayectoria de casi cuarenta años se pone sobre la mesa. El día del debut, El Campín se llena de jóvenes y no tanto. Pero contrariamente a lo que uno podría pensar, el público en su mayoría son chicas y chicos que escucharon de la leyenda de Soda Stereo a través de sus padres, tíos o hermanos mayores, en búsqueda de una experiencia sonora y visual distinta.

Las luces se apagan y Cerati desde las pantallas canta inalterable sobre la insatisfacción sexual en tiempos “modernos”. Suena Sobredosis de TV y el tiempo retrocede indefectiblemente, pero la gente, aquí y ahora, lo hace presente. Alberti y Zeta intercambian miradas de felicidad. Después de tanto trabajo, consiguieron lo que anhelaban. Para ellos, la nave vuelve a partir. Hay celebración abajo, arriba y al costado del escenario. “Nos sacamos una presión muy pero muy grande. La verdad es que con la gente se completó todo. Teníamos los ingredientes por separado y con la gente se hizo una comida rica, un plato exquisito“, dirá Taverna ya en camarines, una vez terminada la faena, en medio de los festejos íntimos de la banda, en familia. “Lo pensamos así, como un show emotivo y por eso lo trabajamos con amigos cercanos“, completará Zeta, con una sonrisa amplia y el orgullo de padre a flor de piel, tras el primer show junto a su hijo Simón. “Por eso llamamos a Richard y al Zorrito. Eso nos ayudó a sentir que volvíamos a juntar a la familia, que se volvía a juntar la banda. Como en las películas… ja, ja“.

/ Sebastián Ramos – La Nación /

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